Devocional - 19 de julio
Devocional
“Las Parabolas de Jesus”
Septimo Capitulo
07/19/2026
Por favor lee: Lucas 18:9-14
La relación con Dios nunca ha dependido de la apariencia religiosa, sino de la condición del corazón. En la parábola del fariseo y el publicano, Jesús confronta una de las enfermedades espirituales más peligrosas: la justicia propia. Lucas introduce esta enseñanza diciendo que fue dirigida "a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros" (Lucas 18:9). Antes de narrar la historia, el evangelista ya revela el problema central: un corazón orgulloso que reemplaza la dependencia de Dios por la confianza en sus propias obras.
El fariseo representaba el modelo de espiritualidad de su época. Ayunaba con frecuencia, diezmaba fielmente y era respetado por la sociedad. Sin embargo, mientras pronunciaba su oración, realmente no hablaba con Dios; hablaba de sí mismo. Su oración estaba llena de comparaciones y vacía de arrepentimiento. Su confianza descansaba en sus méritos y no en la gracia divina. El orgullo espiritual lo llevó a despreciar al publicano, a quien consideraba indigno del favor de Dios.
El publicano, por el contrario, llegó al templo consciente de su pecado. No buscó justificar sus acciones ni compararse con otros. Permaneció lejos, no levantó sus ojos al cielo y golpeaba su pecho como expresión de profundo arrepentimiento. Su única petición fue: "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Lucas 18:13). En esa breve oración reconoció tres grandes verdades: Dios es santo, él era pecador y únicamente la misericordia divina podía salvarlo.
Jesús sorprendió a sus oyentes al afirmar que fue el publicano quien descendió justificado a su casa y no el fariseo (Lucas 18:14). La justificación nunca ha sido el resultado de las obras humanas, sino del favor inmerecido de Dios recibido mediante un corazón humilde. El orgullo religioso puede producir una apariencia de santidad, pero jamás puede producir una verdadera comunión con Dios.
Esta enseñanza encuentra continuidad en el relato de Zaqueo (Lucas 19:1-10). Mientras el joven rico no estuvo dispuesto a desprenderse de sus bienes para seguir a Cristo (Lucas 18:18-23), Zaqueo, otro publicano despreciado por la sociedad, mostró un arrepentimiento genuino al devolver lo robado y compartir generosamente sus riquezas.
Esta misma verdad aparece a lo largo de toda la Escritura. El rey David comprendió que Dios no busca sacrificios externos sin quebrantamiento interior: "Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:17). Asimismo, el profeta Miqueas resumió el verdadero culto al decir: "¿Qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios" (Miqueas 6:8).
Como creyentes debemos examinarnos constantemente. Es posible servir en la iglesia, conocer profundamente la Biblia, participar en ministerios y, aun así, desarrollar un corazón semejante al del fariseo. Cuando comenzamos a medir nuestra espiritualidad comparándonos con otros, dejamos de mirar la santidad de Dios y empezamos a alimentar nuestro orgullo.
El evangelio nos recuerda que todos llegamos a Cristo como publicanos, necesitados de gracia. Ninguno puede presentarse delante del Señor por sus propios méritos. Somos aceptados únicamente por la obra perfecta de Jesucristo, quien llevó nuestro pecado en la cruz para reconciliarnos con Dios (2 Corintios 5:21). La verdadera santidad no consiste en demostrar cuán buenos somos, sino en reconocer cuánto necesitamos diariamente la misericordia del Salvador.
Hoy la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo nos acercamos a Dios? ¿Con una lista de nuestras buenas obras o con un corazón humilde que reconoce su necesidad de gracia? El Señor sigue exaltando a quienes se humillan delante de Él, porque "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes" (Santiago 4:6).
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